Autor: Fernando Del Cubo. Videoartista y artista conceptual.

Currículum académico: Fernando Del Cubo (CUBO) formó parte de la escena underground madrileña como pinchadiscos e ilustrador entre los años 1986 a 1998, para posteriormente centrarse en su carrera como videoartista y artista conceptual, labor que desarrolla hasta la fecha.

Resumen: El siguiente texto describe a través de la experiencia de su autor, las expresiones plásticas underground que tipificaron la visualidad y ambiente de los bares y centros nocturnos del barrio de Malasaña de 1986 a 1994; etapa en la que surgió un movimiento alternativo y contiguo a La Movida, que tuvo luego su eclosión con la llegada del Grunge a Madrid. Se centra además en el anonimato de sus autores, verdaderos Maestros Subterráneos, cuyas creaciones respondían a una conciencia colectiva marcada por la marginalidad, la droga y el alcoholismo.

Palabras clave: movida, underground, subterráneos, muralismo, fanzines, subcultura.

Abstract: The following text describes, through the experience of its author, the underground plastic expressions that typify the visuality and atmosphere of the bars and nightclubs of the Malasaña neighborhood from 1986 to 1994; stage in which emerged an alternative movement and contiguous to La Movida, which then had its emergence with the arrival of Grunge in Madrid. It also focuses on the anonymity of its authors, true Underground Masters, whose creations responded to a collective conscience marked by marginality, drugs and alcoholism.

Keyword: movida, underground, muralism, fanzines, subculture.

Texto:

El arte dionisiaco, por el contrario, descansa en el juego

con la embriaguez, con el éxtasis

(Frederich Nietzsche)

Durante la primera mitad de la década de 1980, Madrid, estuvo protagonizada por La movida madrileña. Una suerte de movimiento cultural representado mayormente por los hijos de la burguesía franquista y con un fuerte sostén institucional por parte del gobierno del PSOE. Durante esos años se apoyó desmesuradamente cualquier atisbo de ruptura con el pasado cultural y artístico alternativo, hasta entonces básicamente antifranquista.

La repentina “modernidad” de la cultura, llevó a una catarsis colectiva donde la creación estaba sujeta a un comisariado institucional y a fuertes subvenciones por parte del estado. Toda esa vorágine se acaba bruscamente con el fallecimiento en 1986 de Enrique Tierno Galván, alcalde socialista de Madrid, y la posterior victoria de los conservadores. La reducción en gastos culturales y una batería de leyes restrictivas, tanto en el consumo de estupefacientes como en las políticas de ocio nocturno, trajo consigo la decadencia de esa tan explotada Movida dejando en evidencia la dudosa firmeza de las propuestas que planteaba.

               

Baños Malasaña, Anónimo, 1987, Foto Metxe Piolín. Murales Club Agapo, 1989, Autores CUBO y Armando Laborda, Foto Sofía Ruíz.

Como contrapunto a esa década, surgió un movimiento ajeno a ese entorno que se fue gestando fuera de lo institucional, más cercano al gusto por la música anglosajona de carácter radical: el Punk, el Garaje y la Psicodelia, que aúnaron a un público heterogéneo amante de las drogas duras y las sensaciones.

El centro neurálgico de estos comportamientos se desarrolló al igual que la anterior generación, en los bares de ocio nocturno. Pero a diferencia de los anteriores, estos eran ambientes ajenos al diseño pop que caracterizaba los bares de La Movida. El comportamiento desinhibido y liberal de los dueños, dejó paso abierto a la imaginación de los clientes, quienes se apoderaban de los espacios, tanto en lo musical como en lo estético. En ese contexto me vi como uno más, a una edad en que empiezas a priorizar tus gustos personales frente a la sociedad estandarizada.

El rechazo que experimentábamos a todo el panorama de La Movida, provocó comportamientos que generaron una actividad independiente en todos los sentidos; hasta iniciarse una falta de culto a la personalidad propia, en beneficio de la autoría anónima. Un proceder colectivo inconsciente, en función de la diversión y lo efímero, ajena a cualquier tipo de trascendencia, muy cercana a las tendencias suicidas que desembocaron en la adopción de un singular lenguaje de los bares, manifestado en las llamadas Pinturas Subterráneas.

La proliferación de bandas musicales de diverso calibre, trajo consigo además una corte de aficionados, que fuimos creando nuestros espacios según nos íbamos asentando en los diversos locales de la zona de Malasaña. Garitos de carácter oscuro con la música a volumen alto y suelos pegajosos de cerveza. Muchos de ellos abiertos por miembros de la anterior generación, alejados de los ambientes de componente pijo que caracterizaba a La Movida.

Los aficionados al Punk se concentraron en su mayoría en bares como el Malandro y el Nueva Visión. Por otro lado los Roqueros y moteros se refugiaban en el King Creole y el Mala fama; y los aficionados al Garaje rock en la sala Agapo y Louie Louie. Pero no hubo una línea definida entre estas tribus urbanas, sino que todas cohabitábamos e intercambiábamos residencias de forma natural. No sin pequeñas reyertas y episodios de violencia.

Del mismo modo que cohabitaban las tribus, también cohabitaban las expresiones gráficas públicas, que se erigieron como las expresiones de todos a la vez. Así la representación icónica giró en torno a la imitación de patrones anglosajones desde un filtro amateur, que se desarrolló en un muralismo de expresión colectiva, realizado durante las horas de apertura del bar sin que mediara interés económico alguno. No era extraño encontrar entre semana, en los días de menos afluencia de público, a clientes del bar, con una brocha en la mano, decorando paredes con murales de su propia creación referentes a sus gustos musicales, ya fuesen portadas de discos, retratos de sus héroes o simplemente garabateando grafitis ajenos todavía a la moda neoyorkina.

Los baños eran un espacio aparte, donde lo privado daba rienda suelta a grafitis basados en lo irreverente y vulgar, de carácter sexual o peyorativo. La amalgama de mensajes escritos y dibujados con diversos métodos, desde el rotulador indeleble a él rallado con cualquier objeto punzante, conformaban una estética caótica que curiosamente, al verla en conjunto, formaban un corpus único y una confesión intima de las características de la parroquia.[1]

Con este proceder, se decoraban habitualmente espacios mucho más privados como solían ser los camerinos de los locales, habilitados para representaciones, tanto musicales como de otros géneros. En ellos se aglutinaban pequeños mensajes, sobre todo con las firmas de los músicos, los recordatorios de eventos y las pegatinas publicitarias del entorno roquero, con sellos discográficos alternativos y de grupos musicales.

 

   Grafitis baño, 1994, Anónimo, Foto CUBO. Mural Club Agapo, 1989, Autor Armando Laborda, Foto Sofía Ruíz. Murales Malasaña 1986, Anónimo, Foto Metxe Piolín.  Mural Club Agapo, 1989, Autor Armando Laborda, Foto Sofía Ruíz.

Este muralismo espontáneo difería mucho de pretensiones artísticas; lo meramente decorativo traspasaba esa fina línea para transmitir un carácter estético callejero, marginal y decadente, dentro de un entorno limitado que ignoraba la reverencia por la obra de arte.

Es de destacar como dentro de este arte espontáneo de la subcultura underground, el cartelismo de carácter aficionado tomaba especial relevancia como medio de difusión de eventos e ideas; entre ellos los Fanzines[2] y afiches que utilizaban como procedimiento básico el collage, y como medio de reproducción la fotocopia. Ajenos a las normas básicas de la maquetación, se caracterizaban por un horror vacui con la utilización de tipos a mano o máquina de escribir, y diseños que aúnaban en lo psicodélico con lo punk sobre papeles de colores; lo que dificultaba la lectura, en beneficio de una estética directa y un mensaje críptico, solo para los iniciados en el medio. La distribución de estos, respondía a necesidades estratégicas y se solían encontrar entre la red de clubes y las cercanías a ellos.

Los fanzines provenían de un compendio de autores amateurs movidos exclusivamente por la pasión hacia temas que iban desde la poesía arrabalera al comic de carácter violento; unido a la ingente información musical, ya fuesen letras de canciones como información de grupos. El horror vacui y el grafismo espontáneo formaban parte del corpus de las publicaciones, sin veleidades artísticas, donde el dibujo estaba únicamente al servicio del relato. Si había color, entonces este solía ser de tonos estridentes y combinaciones expresionistas. La distribución era de venta directa y a precios mínimos por el propio autor, en la salida de conciertos, barras de bares y en mercadillos especializados como ferias de discos o venta de ropa roquera.

          

Cartel Concierto Sala El Sol, 1991, Autor Carlos Subterfuge. Fanzine La Vaca Austera, Anónimo,1986. Murales Malasaña, 1986-1987, Anónimo, Foto Metxe Piolín.

El cartelismo a su vez, respondía a esas mismas necesidades limítrofes, que de alguna manera, marcaban el territorio indicando soterradamente al acceso a calles aledañas a los bares de Malasaña. Según te aproximabas, ocupaban las paredes, superponiéndose de forma caótica, respetando los eventos que no se habían realizado pero cubriendo sin piedad los que no eran del entrono y los que habían caducado de convocatoria. Estos decollage se alternaban con pintadas mayoritariamente hechas con rotuladores que completaban el aspecto anárquico de la experiencia visual.

Para definir el comportamiento estético del underground de este período como un proto-arte, sería necesario atenerse a postulados ajenos al mercado, buscar la expresión en su estado más puro; en la necesidad de identificación de grupo y la búsqueda de identidades dentro de un paradigma cultural extranjero, ajeno a la estética oficial, llevada a una situación de exclusión que muchas veces desembocaba en procesos mentales degenerativos, provocados en su gran mayoría por el exceso de drogas, alcohol y la mala vida. La supervivencia de todos los que formábamos esa supuesta escena cultural se convertía en una rueda de trabajos relacionados con el ocio nocturno: en los bares de pinchadiscos, camareras y porteros, el menudeo de drogas, o el desarrollo de actividades relacionadas con el mundo del espectáculo: roadies, músicos, técnicos de sonido, etc.

¿Por qué ocurrió en Malasaña y no en otro barrio? La respuesta es difícil, quizás por ser una zona céntrica con un carácter más popular que el resto de los barrios del Centro de Madrid, quizás porque ya había una permisividad hacía el ocio nocturno que no se daba en otras zonas. La cuestión es que entre el año 1986 y 1994 confluyó una cantidad de gente, ajena al barrio, con una creatividad desbordante y de muy diversos estratos sociales. Al contrario que la tradicional bohemia donde los artistas formaban parte principal del relato social, los artistas vinculados al underground nos comportábamos como integrantes del público habitual y rara vez procurábamos destacar entre la amalgama de músicos, traficantes y camorristas. El anonimato nos conducía, nadie sabía de dónde veníamos ni hacia donde regresábamos en la madrugada.

El abuso de las drogas y el alcohol, la opción estética y los hábitos de nocturnidad determinaban que muchos de los sujetos pertenecientes a ese mundo y verdaderos maestros subterráneos acabaran en situaciones irremediables de marginalidad. Las muestras de esta subcultura no trascendieron más que en la memoria del barrio de Malasaña; puesto que carecían de interés comercial para los popes de la información cultural y quedaron como una mera anécdota en la historiografía artística, bajo el axioma punk por excelencia “No future”, que definió por siempre sus nulas pretensiones.

 

 

Cartel Concierto Sala San Mateo 6, Autor Uge Potros, 1987,  Escaleras Sala Yastá, 1988, Anónimo, Foto Metxe Piolín.

Notas:

[1] Termino popular madrileño de los clientes de bares que hace referencia sarcástica a una antigua costumbre católica en la que mientras las mujeres iban a misa los hombres se reunían en la taberna.

[2] Vocablo de origen inglés que contrae las palabras fan (aficionado) y magazine (revista). Se trataba de una revista hecha por aficionados sobre un determinado tema o manifestación cultural más o menos marginal. Generalmente se hacían con una impresión barata, no contaban con una periodicidad fija y se realizaban sin ánimo de lucro.