Autor: Alberto Blanco. Poeta, traductor, ensayista y artista visual.

Currículum académico: Es poeta, traductor y ensayista, además de ser bien conocido como artista visual. Ha publicado 33 libros de poesía en México y una docena más en otros países, además de diez libros con sus traducciones de poesía, y otros tantos libros de ensayos sobre las artes visuales. También ha publicado una poética en tres tomos que le ha valido el premio “Xavier Villaurrutia”. Su obra no sólo es extensa, sino muy diversa. En ella ha explorado un sinnúmero de formas poéticas: desde las más arcaicas y tradicionales hasta las estrictamente contemporáneas y experimentales. Sus poemas han sido traducidos en más de una veintena de idiomas.

Resumen: Juan Martínez dejó tras de sí una obra poética y gráfica de calidad extraordinaria, a la cual no se le ha prestado la atención debida. Al paso del tiempo su trabajo visual será visto como una de las obras más significativas dentro del Art Brut, tal y como lo definió Dubuffet. No sólo se trata de un trabajo realizado absolutamente al margen de la vida cultural en México, sino que se trata de una obra hecha prácticamente al margen de la sociedad en su conjunto a lo largo de décadas.

Palabras claves: art brut, materiales desechados, narrativa, obra visual.

Abstract: Juan Martínez left behind a poetic and graphic heritage of extraordinary quality, which has not been given due attention. Over time his visual work will be seen as one of the most significant Art Brut works, as defined by Dubuffet. It is a work not only made outside the cultural life in Mexico, but virtually untouched by society as a whole over decades.

Keyword: art brut, materials discarded, poems, visual work.

Obra de Juan Martínez

Texto: Juan Martínez –poeta, artista, ser humano insólito– dejó de existir el 18 de enero de 2007. Autor de una obra única, Martínez dejó tras de sí una obra poética y gráfica de calidad extraordinaria, a la cual no se le ha prestado la atención debida. Estoy convencido de que, al paso del tiempo, su trabajo visual será visto como una de las obras más significativas dentro del Art Brut, tal y como lo definió Dubuffet. No sólo se trata de un trabajo realizado absolutamente al margen de la vida cultural en México, sino que se trata de una obra hecha prácticamente al margen de la sociedad en su conjunto a lo largo de décadas.

Los dibujos, pinturas, esculturas, textiles y objetos de Juan Martínez fueron hechos todos con materiales que encontraba en la calle o que le regalaban; materiales desechados por la gente que en sus manos se volvían preciosos. Servilletas de papel de las cafeterías y fondas donde pasaba mucho tiempo y le gustaba trabajar; papel aluminio o papel “orito” de las cajetillas de cigarrillos o de las vistosas envolturas de los chocolates; las cajetillas de cigarros mismas; plumas atómicas y plumones; viejo papel de lija recogido en talleres mecánicos; hilos, botones, cordeles, piedras…

Además, y como sucede con muchos de los maestros del Art Brut –figuras ejemplares como Adolf Wölfli, Aloïse Corbaz, August Klett, Madge Hill, Achilles Rizzoli y Henry Darger– Juan Martínez entretejió con sus poemas una asombrosa narrativa que lo mismo “explica” que se apoya en una vasta obra visual. Todo el trabajo artístico de Juan Martínez se apoya en estas dos disciplinas.

Juan Martínez nació en 1933, bajo el signo de Libra, en Tequila, Jalisco, en el seno de una familia tradicional jalisciense que habría de llegar a ser una de las más connotadas familias del medio cultural mexicano. Pero todo cambiaría a raíz de la muerte de su madre, siendo él adolescente, y poco tiempo después se alejó de su familia; al paso del tiempo, acabaría por darle la espalda a su familia y a todo el medio cultural mexicano en su conjunto, que en un momento dado vio en él a una joven promesa de las letras nacionales.

El anecdotario de Juan Martínez se antoja inagotable, porque todo en él era excepcional: desde su manera de vestir y de comer, hasta su forma de entender el arte y su manera de hablar. Al Fratelo le fascinaba hablar con gran propiedad. Y no reparaba en utilizar palabras fuera de circulación –muchas veces con significados distintos de los que consigna el diccionario– con tal de dotar a su discurso de un peculiar tono más que magisterial, ancestral y hasta inmemorial.

Tuve la suerte de conocer a Juan Martínez en las calles de Tijuana, a mediados de los años setenta. Su fama subterránea, verdadera leyenda contracultural, ya había generado en mí el deseo de encontrarme con él. Puedo afirmar sin duda alguna que el encuentro no sólo no se quedó a la zaga de mis expectativas, sino que las superó con creces. La relación que comenzó entonces me llevó a vivir una serie de experiencias punto menos que increíbles a lo largo de las tres décadas que duró nuestra amistad.

Cuando lo conocí, Juan llevaba años “viviendo en las calles de Tijuana” y casi sin manejar dinero. Se dice fácil. Pero para cualquiera que conozca Tijuana, esta sola aseveración debe generar escalofríos. ¿Cómo es posible vivir así? Pues Juan así lo hacía: se pasaba los días recorriendo las calles, los talleres, las playas –le fascinaba nadar interminables horas en las heladas aguas del Pacífico– y las noches en los cafés que pespunteaban la avenida Revolución. Allí se dedicaba a descansar a ratos, pero, sobre todo, a lo que él llamaba “construir”. Es decir: dibujar, pintar. Aunque vale la pena aclarar que para Juan no había distinción entre “construir” en un dibujo o en una escultura, un objeto, un poema, o haciendo otras actividades. “Construir” en el propio cuerpo –una musculatura hercúlea– para que, como me dijo una vez, “no te puedan hacer ningún reproche”. Se trataba, en todo caso, y tal y como a él le gustaba decir, “de dar equivalencias” entre lo que pasa “Allá”, en ese otro orden donde los Dioses disponen a su antojo, y “aquí”, donde los seres humanos vivimos y sobrevivimos.

Para Juan Martínez todo lo que pasaba “aquí” (en este instante, en este lugar, en esta ciudad, en este país, en este mundo, en este planeta) no era sino un reflejo de lo que pasaba “Allá”, con mayúscula. El “aquí” siempre se refiere al “aquí y el ahora”: nuestro lugar en el mundo, nuestro cuerpo y el tiempo que nos ha tocado vivir. Todo lo condicionado y relativo. El “Allá” se refiere al infinito y la eternidad. Lo Absoluto y no condicionado.

La coexistencia de dos tiempos ontológicamente distintos en la vida de los seres humanos –el tiempo de todos los días, horizontal, sucesivo, cronológico; y el de las transformaciones, vertical, instantáneo, imposible de medir– es un hecho que se reconoce desde tiempos inmemoriales. Para Juan Martínez estos dos tiempos, al igual que los dos espacios ontológicamente diferentes que les corresponden, se presentan como el “aquí” y el “Allá”: el lugar (o, si se quiere, el no-lugar) de un tiempo (o, si se quiere, un no-tiempo) transformador que desde otra naturaleza imprime su carácter a los acontecimientos humanos y al discurrir del mundo.

A esto se refería Juan Martínez cada vez que utilizaba la expresión “en otra naturaleza”. Lo que sucedía en cualquier momento, estaba proyectado “desde otra naturaleza”, o bien, por una acción biunívoca, se manifestaba “en otra naturaleza”.

A esta manifestación en esa “otra naturaleza”, Juan le llamaba “proyectar”. Y todo su trabajo –poético, gráfico, escultórico, gestual– no era, de acuerdo con su forma de ver las cosas, sino una “proyección” de estos principios.

Al insistir en la noción de que sus trabajos estaban proyectados en otra naturaleza –y, por lo tanto, protegidos del deterioro o, más probable aún, al margen de cualquier preocupación con respecto a su posible conservación o perdurabilidad– Juan aceptaba, incluso alegremente, los accidentes que sufría su trabajo.

A pesar de que mucha –seguramente la mayor parte– de la obra visual de Juan Martínez se perdió con el tiempo o se destruyó de una u otra manera, se conservan suficientes piezas como para dar testimonio de la extraordinaria calidad y originalidad de su trabajo. Aún así, fue mucho lo que se perdió… Recuerdo, por ejemplo, una maravillosa serie de dibujos hechos en trozos de lija recogidos en los muchos talleres mecánicos de Tijuana, donde Juan había hecho brotar paisajes bellísimos, frotando con guijarros recogidos en la playa la superficie de las lijas tachonadas con manchas sugerentes de pintura automotriz. Una serie de verdaderas mezzotintas silvestres.

Lo mismo sucedió con una serie de “naves espaciales” que Juan construyó con papel de aluminio, estaño, envolturas de cigarros y chocolates que recogía de la calle, y que con gran fuerza consolidaba con sus manos hasta darles la forma justa. Todas se perdieron. Ignoro qué habrá sido de una capa de factura asombrosa, bordada y construída por Juan como para ser la pieza central en una ceremonia de coronación de un Gran Jefe Yoruba o de alguna otra tribu de África o de Micronesia. Una prenda de la que sobresalían, a la altura de los hombros, dos especies de largos cuernos donde apoyaba sus manos, y que le daban a la capa, y a quien la portara, lo mismo un aire futurista que antiquísimo. Una obra de arte intemporal en la cual logró incorporar cuentas de vidrio, piedras, cristales, toda clase de hilos y de estambres de muchos colores y piezas de metal. Prendas rituales que mucho recuerdan el trabajo del couturier brasileño, Arthur Bispo do Rivera.

Asimismo, ignoro qué es lo que habrá sido de aquella “rama dorada” que Juan construyó pacientemente, forrando con papel dorado hoja por hoja una enorme rama desgajada de un árbol cercano. Una obra digna de coronar cualquiera de las grandes bienales: la Documenta de Kassel, la Bienal de Venecia, etc. Es una pena, pero muchas –demasiadas tal vez– obras de Juan Martínez volvieron al olvido del que fueron rescatadas.

Mención aparte merecen sus extraordinarias “Galaxias”: una serie de trabajos de tintas de diferentes tonalidades de azul hechas en servilletas de papel, donde logró conjurar, gracias a las interminables horas de trabajo en los cafés, verdaderas visiones cosmológicas cifradas en un material tan perecedero. El hecho de que estas piezas fueran hechas utilizando bolígrafos recogidos en la calle –lo que en México llamamos “plumas atómicas”– o con repuestos de los mismos que acaso tenían ya sólo un poco de tinta, provocaba que cada “Galaxia” exhibiera varias tonalidades distintas de azul, dándole a la obra una profundidad y riqueza visual extraordinarias.

Esos miles de puntos de los que Juan Martínez se valió para dar forma a toda su obra visual, desembocaron, la mayor parte de las veces, en “galaxias” de toda clase, forma y extensión: desde las modestas y domésticas, hasta las que abarcando metros de papel nos remiten a los vastos espacios siderales; desde las galaxias azules, monocromas de los años sesenta y setenta, hasta las multicolores y alucinantes galaxias de los años ochenta y noventa, incluidos sus últimos trabajos.

En estas Galaxias, se pueden ver muchas cosas y abarcan muchas dimensiones. Las primeras Galaxias que hizo Juan en los años sesenta, remiten, casi infaliblemente, al firmamento; aunque también es posible columbrar otros entes. En una dimensión más familiar, y con el paso del tiempo, sus Galaxias comenzaron a dejar ver edificios, columnatas, arcos, construcciones fantásticas que evocan pagodas o templos, tanto orientales como occidentales.

Pero lo que resulta verdaderamente su generis en el caso de la obra visual de Juan Martínez es que prácticamente toda está realizada con un mínimo de recursos, ya no digamos materiales, sino gráficos. En realidad sus recursos gráficos se reducen a dos: un circulito de uno o dos milímetros de radio; y el punto. Más sencillo no se puede. Con estos recursos cifró prácticamente la totalidad de su obra. Es asombroso que las visiones y complejas elucubraciones de un artista se puedan resolver con tan pocos elementos. Y nada nos da mejor testimonio de esta manera única y sintética de ver y de dar a ver que sus inigualables “Galaxias”. Con el único expediente de un muy reducido círculo, reproducido al infinito y con materiales perecederos, vulgares y, para muchos, hasta deleznables, Juan Martínez consiguió dar a su “Galaxias” una gran riqueza visual y una profundidad de campo que no es sino un eco de la profundidad de sus visiones.

Para Juan la circularidad era esencial. Todo lo estimable, deseable y perfecto, debía aspirar a lograr la circularidad: desde el propio cerebro hasta la obra de arte. Por eso una noche estuvimos muchas horas en su casita de la Mesa de Otay haciendo girar un plato de cerámica entre las manos… se trataba de familiarizarse al máximo con la sensación de la forma circular, con la suavidad extrema de su perfecta curvatura, pero, sobre todo, con el concepto de circularidad detrás de la forma. Y por esto mismo toda su obra visual está cifrada y resuelta de la manera más sencilla: con un círculo y un punto. El centro. Origen y principio de la creación, a partir del cual se pueden extender infinitos círculos: los órdenes de la naturaleza. Juan Martínez hizo suyo –sin conocerlo, tal vez– el hermoso verso de Emily Dickinson: “Mi negocio es la circunferencia.”

Hacia los años setenta, y en la medida en que comenzó a utilizar cada vez más color en sus piezas, las Galaxias de Juan Martínez empezaron a mostrar elementos de anatomía, partes del cuerpo humano, sinuosidades eróticas. Para los años ochenta, y con una utilización abierta y alucinante del color, en sus Galaxias se pueden apreciar imágenes que remiten a vistas al microscopio, y que podrían corresponder a tejidos orgánicos. Descendiendo en la escala de las dimensiones, hay Galaxias que más bien semejan estructuras cristalinas, ordenamientos moleculares, e incluso atómicos y hasta de partículas subatómicas. Este ordenamiento dimensional es sólo una forma de llamar la atención a las distintas lecturas que nos permiten sus obras, y a los diferentes niveles de realidad material a los que aluden.

Es imposible saber cuánto produjo Juan a lo largo de su vida. Yo creo que debe haber producido, entre dibujos, pinturas y objetos de toda clase, una obra bastante extensa. Sin llegar a los extremos de otros artistas considerados como maestros indiscutibles dentro del Art Brut, estoy convencido –porque lo vi trabajar sin pausa a lo largo de muchos años– que su obra abarcaría miles de piezas si se hubieran conservado todas. Es verdaderamente milagroso que hayan sobrevivido, acaso, unas doscientas piezas, o poco más.

Juan Martínez trabajó infatigablemente casi hasta sus últimos años, en que dejó de hacerlo, bien sea por fatiga, por desinterés, o por razones que no podremos saber. Cuando llegó a Guadalajara para pasar ahí la que sería la última etapa de su vida, Juan recibió hospitalidad en casa de Francisco Bautista, el gran artista huichol… Las obras visuales de Juan Martínez, prácticamente sin excepción alguna, requirieron decenas, y hasta cientos de horas para ser realizados. Y es que para Juan no existía el tiempo.

Juan Martínez fue un hombre singularmente visionario; un hombre que creyó y vivió en la pureza y la inocencia –entendidas a su muy peculiar y personal manera– que vivió acosado por padecimientos crónicos, tanto físicos como mentales, y que, como Van Gogh y como Artaud, no podía ser sino un incomprendido. Su sensibilidad, su clarividencia, lo situaron desde muy joven en ese borde entre la razón y la locura, la salud y la demencia, el caos y el orden, la pureza y la inocencia en contraste con las convenciones sociales.

En presencia de la obra visual única, profundamente individual y, en el sentido auténtico de la palabra ‘original’, de Juan Martínez, “quedamos hipnotizados por el objeto que se transforma ante nuestros ojos, captados por un hilo misterioso que nos atrae hacia lo indecible”, como dice Barbara Safárová en su bello texto dedicado a dos maestros del Art Brut, Lubos Plny y Anna Zemánková.

Las obras maravillosas de Juan Martínez, si bien exhiben el deseo obsesivo de un control absoluto, logran conseguir un equilibrio inestable, ciertamente; cambiante por necesidad; amenazado todo el tiempo por los múltiples vaivenes de la vida y por las presiones sociales, pero al cual Juan Martínez, con una maestría completa de sus oficios, no renunció jamás. Ni siquiera en las más difíciles condiciones, como las que tuvo que padecer hacia el final de su vida en Guadalajara. Un deseo generador de nuevas formas de organización del espacio pictórico y de la convivencia humana con el anhelo de instaurar nuevos mundos. Utopías, si se quiere, en un equilibrio que no deja de asombrar, y al que aspiró siempre en soledad y en silencio… ese silencio –a veces impuesto, y la mayor parte de las veces deseado– en el que vivió por tanto tiempo. Vívida expresión de la otredad.

 

Text: Juan Martínez –poet, artist, a unique human being– ceased to exist on January 18, 2007. Author of an amazing work, Martínez left behind a poetic and graphic heritage of extraordinary quality, which has not been given due attention. I am convinced that, over time, his visual work will be seen as one of the most significant Art Brut –as defined by Dubuffet– opus. It is a work not only made outside the cultural life in Mexico, but virtually untouched by society as a whole over decades.

The drawings, paintings, sculptures, textiles and objects of Juan Martínez were all made with materials found on the street; materials discarded by people which became precious in his hands. Paper napkins available in cafes and food joints where he spent much time and liked to work; foil or “golden paper” of cigarette packets or the colorful wrappers from chocolates; cigarette packs themselves; roller ball pens; old sandpaper collected in mechanical workshops; thread, buttons, strings, stones…

Moreover, as it happens with many of the masters of Art Brut –figures as Adolf Wölfli, Aloïse Corbaz, August Klett, Madge Hill, Achilles Rizzoli and Henry Darger– Juan Martínez artwork is interwoven with outstanding poems that, somehow, “explain” that which relies on his vast visual work.

Juan Martínez was born in 1933, under the sign of Libra, in Tequila, Jalisco, within a traditional jaliciense family that would become one of the most noted families of Mexican cultural milieu. But everything would change following the death of his mother, him being a teenager, and soon afterwards, still very young, Juan Martinez walked away from his family. Through the years, he would eventually turn away from the entire Mexican cultural environment as a whole, which at some point saw him as a promising young star in Mexican literature. Juan Martínez stories seem inexhaustible and unreal, because everything in him was exceptional: from his way of dressing and eating, to the way he understood art. Also his way of speaking. Juan Martínez loved to speak with great property, using arcane words, as well as using words with meanings other than the dictionary ones, just to give his speech a peculiar, magisterial, ancient and even immemorial tone.

I was fortunate to meet Juan Martínez in the streets of Tijuana, in the mid-seventies. His underground fame, true counterculture legend, had already generated in me the desire to meet him. I can say without a doubt that the meeting went way beyond my expectations. And a relationship began that led me to live a series of incredible experiences over the three decades of our friendship.

When I met him, Juan had spent years “living on the streets of Tijuana” (but not all the time) and almost without handling money. It sounds easy. But for anyone who knows Tijuana, this statement alone should generate chills. How can you live like this? But Juan did. He spent his days walking the streets, the shops, the beaches. He used to spend endless hours swimming in the icy waters of the Pacific and nights in the cafes of the central Revolución Avenue. There he devoted himself to rest at times, but, above all, to what he called “building”… drawing, painting, writing.

Juan made no distinction between “building” by way of drawing or making sculptures, objects, writing poems, or doing many other activities. “Building” in the body itself –he was a a Hercules– muscles, so that, as he told me once, “nobody can blame you”. It was, in any case, a continous effort “to give equivalence” between what happens “Over There”, in that other world where the Gods behave at will, and “here” where we, human beings, live and survive.

For Juan Martínez everything going on “here” (in this moment, in this place, in this city, country, world… on this planet) was nothing but a mere reflection of what happened “Over There”. The “here” always refers to the “here and now”: our place in the world, our body and the times that we live. All the conditioned and relative. The “Over There” refers to infinity and eternity. The absolute and unconditioned.

For Juan Martínez these two realms, like the two ontologically different spaces that correspond to them, are presented as the “here” and “Over There”: the place (or, if you will, the non-place) and the time (or, if you will, the non-time) capable of the most amazing transformations. For this Juan Martínez used the expression “another nature”. What happened at any time was designed “from another nature”, and, by a two-way action, it manifested itself “in another nature.” The actualization of this “other nature” was called “projection”. In this sense, all his poetic, graphic, sculptural and gestual work, was just a “projection” of these principles.

By insisting on the notion that his works were planned in another nature –and, therefore, were protected from deterioration, without any concerns about possible conservation– Juan accepted, even cheerfully, accidents suffered by his work.

Although most part of his artwork was eventually lost or destroyed in one way or another, enough pieces survive to bear witness to the extraordinary quality and originality of his work. Still, it was much that was lost … I remember, for example, a wonderful series of drawings on sandpaper collected from the bodyshops of Tijuana, where Juan had brought forth beautiful scenery, rubbing with pebbles collected on the beach the surface studded with suggestive spots of automotive paint. A series, so to speak, of wild mezzotints.

The same happened with a series of “spaceships” Juan built with aluminum foil, tin, cigarettes and chocolate wrappers collected in the street, pressed with great force and consolidated with his strong hands to give them form. All were lost. I do not know what became of a hood amazingly embroidered, built by Juan to be the centerpiece of some sort of coronation ceremony of a Grand Yoruba Chief or some other tribe in Africa or Micronesia. At shoulder height, two species of longhorns gave the cloak a futurist and, at the same time, ancient air. A work of timeless art and beauty in which he managed to incorporate glass beads, stones, crystals, and all kinds of wires and stamens of many colors as well as many pieces of metal.

Also, I do not know what became of the “Golden Bough” Juan built patiently lining with gold paper, leaf by leaf, a huge branch split off from a nearby tree. A work worthy of being the center piece in any of the big biennials: the Kassel Documenta, the Venice Biennale, etc. It’s a shame, but too many works of Juan Martínez returned to the oblivion from which the materials he used were rescued.

Special mention merits his extraordinary “Galaxies”: a series of works made with inks of different shades of blue on paper napkins, where he managed to conjure, thanks to the endless hours of work in cafes, true cosmological visions encrypted in material so perishable. The fact that these pieces were made using roller ball pens collected in the street caused that each “Galaxy” exhibit various shades of blue and black, giving the work a remarkable visual depth and richness.

Those thousands of tiny circles that Juan Martínez used, turned into “Galaxies” of many kinds, shapes and extentions: from the modest and domestic, to big pieces that remind us of the vast sidereal space. From the almost monochrome blue works made during the Sixties and Seventies, to the colorful and amazing galaxies of the Eighties and Nineties, these galaxies encompass many dimensions. Over time, his “Galaxies” began to reveal buildings, colonnades, arches, fantastic constructions that evoke both eastern and western pagodas or temples.

It is amazing to see that almost all of Juan Martínez work was done using a staggering minimum of resources. His graphics resources actually boil down to two: a small circle of one or two millimeters radio; and the point. Simpler it can not be. With these resources he built almost all of his work. It is amazing that the visions and complex musings of an artist can be resolved with so few elements. And nothing gives us better witness to this unique and synthetic way of drawing than his “Galaxies”. With the only record of a very small circle, reproduced to infinity and perishable, vulgar materials, Juan Martínez managed to give his “Galaxies” a great visual richness and a depth of field that is but an echo of the depth of his visions.

For Juan Martínez the circularity was essential. Everything estimable, desirable and perfect, should aspire to achieve circularity: from the brain itself to the work of art. So one night we spent many hours in his little house in the Mesa de Otay spinning ceramic plates in our hands… the idea was to become familiar to the fullest with the feeling of circular shape, with the extreme softness of the perfect curvature, but, especially with the concept of circularity behind the form. For this very reason all his visual work is encrypted and settled in the simplest way: with a circle and a point. The center. Origin and beginning of creation, from which endless circles can be extended: the orders of nature.

During the Seventies, more and more color began to appear, and the “Galaxies” began to show elements of anatomy, body parts, erotic convolutions. During the Eighties, and with an open and amazing use of color in his “Galaxies”, it is possible to see images alike microscope views or body tissues. Scale down in size, these galaxies resemble crystalline structures, molecular systems, and even atomic and subatomic particles. This dimensional system draws attention to the different readings that his works allow, and to the different levels of material reality they allude.

It is impossible to know how much Juan Martínez produced throughout his life. I think he produced –including drawings, paintings and objects of all kinds, as well as poems– a fairly good amount of work. Without going to the extremes of other artists regarded as undisputed Art Brut masters, I am convinced (because I saw him working steadily over many years) that he did thousands of pieces. It is truly miraculous that some of them have survived. Maybe two hundred pieces, or a little more.

Juan Martínez worked tirelessly almost until his last years when he stopped either by fatigue, disinterest, or for reasons that we can not know. When he arrived in Guadalajara to live the last stage of his life, Juan received hospitality at the house of Francisco Bautista, the great Huichol artist. For the Huichols, as for Juan Martínez, spending tens, and even hundreds of hours making a piece of art is not unusual. So they received him in the most natural way.

Juan Martínez was a uniquely visionary man; a man who believed and lived in purity and innocence –understood in his peculiar personal way– beset by chronic diseases, both physical and mental, as Van Gogh and Artaud. His sensitivity, his clairvoyance, placed him very young at that edge between reason and madness, health and dementia, chaos and order, purity and innocence in contrast to social conventions.

In the presence of this highly individual visual work, in the true sense of the word ‘original’, “we are mesmerized by the object transformed before our eyes, captured by a mysterious thread that draws us into the unspeakable”, as Barbara Safárová says in her beautiful text dedicated to two masters of Art Brut, Lubos Plný and Anna Zemánková.

The wonderful works of Juan Martínez, although they exhibit obsessive desire for absolute control, manage to achieve an equilibrium, threatened all the time by the many vagaries of life and social pressures. But even though his work went unnoticed but by a few friends, Juan Martínez, with a complete mastery of his trade, never quit. Even in the most difficult conditions, such as those he endured at the end of his life in Guadalajara, he didn’t quit.

Juan Martínez was a generator of new forms of organization of pictorial space and human coexistence with the desire to establish new worlds. Utopias, if you will. A balance that never ceases to amaze, and which always aspired in solitude and silence to perfection. Silence, sometimes imposed, and most of the time desired, in which he lived for so long. Vivid expression of otherness.

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Crédito fotográfico: Edgardo Moctezuma.